La tarde fue de Morenito de Aranda, de su clase y de su ambición, ante una corrida de Peñajara que no perdonó, con sentido, pero a la vez generosa cuando se le podía. Y poder hubo en la muleta del de Aranda, mando y buen toreo. Cortó una oreja a cada toro en dos actuaciones plenas de entrega.
Bonitos, sin excesos, y variados de capas los de Peñajara, la casi extinguida casta Jijona, y sin dar facilidades a los toreros. Los hubo que desarrollaron peligro, como el segundo, y otros que, siempre con el denominador común de un comportamiento nada fácil, empujaron en el caballo y se movieron con ligereza. De interés para los aficionados, que no se aburrieron ni un segundo, y de exigir el carnet a los de luces.
Morenito de Aranda se comprometió con el primero, que manseó y que no quería saber nada de los engaños. Se puso en el sitio y le fue ganando la partida a base de bajarle la mano e hilvanar los muletazos en una faena intensa. Como la del cuarto, un sardo, que no perdonaba pero al que dominó por abajo para torearlo con cadencia y temple. El toro respondió a las exigencias en una labor a más rematada de una buena estocada, que le valió la puerta grande.
Ángel González Abad / Teruel / ABC